Aquella mañana, la pequeña de largos cabellos negros se dirigía con rapidez al almacén de la esquina sin percatarse siquiera de que un extraño la seguía con mirada ni adivinar incluso sus intenciones. Cuando atravesó la puerta de cristal del almacén, el extraño cruzó la avenida para dar alcance a su presa, quien en ese momento se encontraba segura en aquel lugar lleno de bebidas y alimentos; la observó un momento por la puerta semi abierta, la vio coger unos paquetes de la sección de galletas y a punto de entrar se encontraba cuando la pequeña giró coquetamente su cabeza y la melena suelta dió la impresión se ser un pequeño manto negro que se abría para cubrirle el rostro por completo.

La imagen y el movimento hicieron estremecer al hombre, no de deseo sino de temor, de ver aquel rostro cubierto y sin vida, y dando un paso atrás como si expresara arrepentimiento cerró la puerta y volvió sobre sus pasos.

La calle estaba como siempre y la pequéña seguía con su rutina diaria acostumbrada, desde que la vio la primera vez a traves de la ventana de su apartamento, de eso hacia unos meses. Y la admiración que sintió en un inicio se fue convirtiendo en una obsesión, esperaba a verla cada mañana y cada tarde y desesperaba cuando no la veía aparecer.

Y sin embargo aquella mañana decidido a no dejarla ir la siguió en cuanto la vio dirigirse al lugar de costumbre.

Desdichado, volvió su cabeza para dar un ultimo vistazo, decidido a no verla o seguirla de nuevo. La sensación de culpa y vergüenza se mezclaba con el temor y desesperanza que le generaba en ese momento la soledad profunda en la que se había visto de pronto descubierto.

Agachado, quizas sumido en sus propios pensamientos, no vio venir o siquiera oyo el fuerte pitazo de un automovil que atravesaba la calle en ese momento, tan solo escuchó el grito de la pequeña, su tierna y dulce voz que reconocería en cualquier lugar adiviertiendole del peligro.

Demasiado tarde, lo que sintió fue un golpe seco en el cuerpo mientras volteaba a verla para admirar por última vez el gracioso rostro coronado con un hermoso cabello y que en aquellos instantes dejaban observar unos preciosos ojos que lo miraban con angustia y de los que salian pequeñas lagrimas de pena o terror quizas, y la boquita contraida de dolor y angustia.

No vio más, no recordó más.