Hace unas dos semanas probé por casualidad una barra de chocolate blanco y negro llamada “triángulo marmoleado”, resulta que hace dos días decidiendo ir o no ir al grado de mi hermano y terminando con un gran estrés y sentimiento de culpa se me antojó comer nuevamente el chocolate ese. Me cambié, me arreglé un poco de pintura en los labios y ligero rimel de pestañas para hacerlas más abundantes, el viejo pantalón crema, la chompa roja de cuello de tortuga y el viejo abrigo, acompañados con la cartera negra y las botas (mis favoritas) emprendí su búsqueda.
La decisión estaba hecha, no iria al grado al menos no directamente, salvo que me acompañara el tiempo o la suerte. Emprendí mi camino calle abajo de mi casa, un poco tambaléandome por los tacones y la poca costumbre (últimamente) de usarlos, al fin un poco de arreglo y el movimiento de piernas y caderas, hacían la cadencia algo singular en mi marcha por el chocolate.
Llegué por fin a un paradero, tomar taxi no era conveniente, porque para mi fortuna “mi fortuna” (llámese sueldo) no me la depositaban hasta el siguiente viernes, es decir hoy (31 de Agosto de 2007), así que el ahorro era obligatorio por no decir en extremo necesario. Allí me encontraba a la espera del transporte público, iria al Centro Comercial curiosearía un poco por aquí y allá quizás una pequeña vuelta por aquel viejo stand, y si se me antojaba compraría mi chocolate.
El transporte público no llegaba en cinco minutos de espera y aburrida me ví obligada a hacer cambio de planes y tomar el bus que me llevaba al trabajo, no fui precisamente a ese lugar pues era mi día de descanso.
Sentada junto al conductor se me antojó pensar que mi familia estaría de vuelta en casa celebrando el grado, no fue así y desde la ventana divisé mi casa, cerrada y solitaria, un poco abandonada y triste, no se porque la sentí de esa manera, tantos viviendo en ella y nadie llamándola su hogar.
Di media vuelta a la visión y seguí la ruta tantas veces recorrida y me dediqué a observar a las personas que caminaban por las calles cada una ocupada con sus alegrías y penas. Habrían transcurrido unos veinticinco minutos desde mi partida y escogiendo bajar en la Plaza San Francisco, el bus cambió su ruta y nos llevó por La Recoleta y Santa Teresa, ví a mi vieja profesora de Religión, y bajé cerca de mi antiguo colegio de Secundaria, cuantos años habían pasado ya. Las viejas casas ahora convertidas en hoteles u hostales, nuevos negocios, nuevos restaurantes, y una que otra tienda dedicada a la moda dirigida a los turistas. Las calles un poco resbalosas por las lajas de piedra por tan continuo e inacabable tránsito peatonal. Buscaba inútilmente algo de mi adolescencia y no encontré nada.
Finalmente rendida decidí bajar a la calle del Teatro Municipal y poco antes de llegar vi una tienda dedicada a la venta de chocolates y dulces, una dulcería, y en lugar de entrar y al menos preguntar por mi chocolate mis pasos se dirigieron hacia el teatro, el sitio del grado de mi hermano. Había mucha gente tomándose fotos chicos y chicas vestidos con ternos y trajes sastres con ramos de flores en sus brazos, busqué una señal de mi familia y no la ví, y tampocó me empeñé en buscarla, bajé la callé tan rápido como me lo permitieron los peatones que la cerraban y que ocasionaron el congestionamiento del tránsito y el desvío de mi movilidad.
Al no saber que hacer y luego de revisar en mis bolsillos conté las monedas que me quedaban, no compraría el chocolate y si iria a visitar a mi viejo amigo a su centro de trabajo, probablemente podría conversar con él de las cosas que me han ido sucediendo e incluso me preparaba para un jalón de orejas. Mi decepción fue mayor porque no pude hablar de las cosas que deseaba, aunque me dio buenas noticias sobre su vida y como le iba, que me alegra mucho y a la vez me hace reflexionar en mi fracaso personal y profesional. No queriendo continuar porque últimamente me encuentro con un humor cambiante y con ganas de llorar me despedí de él, no sin antes preguntarle donde encontrar un Sex Shop, idea que me vino luego de ver la colección de preservativos en la vitrina de una farmacia.
Sería una buena idea conocer uno alguna vez, total a estas alturas de mi vida ya casi nada me avergüenza, salvo yo misma conmigo misma, bromeando un poco le digo que necesito unas esposas para atar a alguien, me da las señales de donde hallar uno y sonriéndole me despido.
Un poco dificil de hallar el lugar luego de no prestar demasiada atención a las indicaciones dadas, cruzo la calle y resultó que tenía el lugar frente a mí todo el tiempo, indicaba su aviso el segundo piso y allí me dirigía imaginándome una tienda con toda clase de artilugios para el placer sexual tanto en pareja, grupo o en solitario y es que siempre tuve la curiosidad de ver y tocas alguna de esas cosas con mis propias manos y sentirlas.
Mi decepción fué aún mayor pues cuando entré a la tienda, el muchacho que atendía parecía un novato temeroso y lleno de morbo escondido, dirigí mi vista a la habitación de por sí pequeña, paredes blancas y un escritorio pegado a la pared demasiado grande para ocupar tan diminuto espacio, espejos colgados en las paredes y sobre estos se situaban los juguetes grotescos y faltos de delicadeza como hechos para satisfacer las demandas masculinas en películas porno de última clase.
Le pregunto al muchacho si tenían esposas, y me sale con “¿para despedida de solteras?”, le indico que no, que necesitaba las esposas para juegos de parejas, y me insiste con lo de la despedida, luego me ofrece asiento y me pide explicarle (morbo al 100%), y le digo algo así (todo para ampliar su limitada imaginación) “¿Cónoces las esposas de la policia, aquellas de metal que usas para apresar?,” me asiente y continúo “las esposas que necesito están hechas de cuero o…” y muevo las manos en señal de querer atraer un recuerdo o una palabra “… peluche” se me ocurre en ese momento, “se usan para inmovilizar las manos”, el pobre chico se encontraba más que perplejo y con cara de no haber entendido una palabra, o quizas mudo porque ante él se abrían nuevos mundos no explorados.
Esta vez un poco más inseguro y con menos morbo de por medio, me dice que no las tienen, ya no se me ocurre preguntarle si puede traérmelas a pedido, porque sencillamente las ganas se me fueron desde el momento que crucé el umbral de la puerta y ver la escasez de aparatillos y juguetes. Dándole las gracias me retiro.
Al salir del lugar y encontrarme nuevamente en la calle, que ya estaba completamente iluminada por las luces de la noche, respire hondo y mirando nuevamente el sencillo, sacando cuentas decido no buscar mi chocolate y con todo me dirijo al paradero para tomar el bus de vuelta a casa.
Y Mientras retornaba pensaba en la limitada imaginación de la gente, las parejas y cuan infelices podrían ser por no atreverse a pedir y dar lo que ellas quieren para el sexo, incluidos los juguetes y disfraces.
Quiero tener un Sex Shop para todos ellos, me incluyo.
Septiembre 1, 2007